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Darwin Frente al Ojo
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Darwin Frente al Ojo
por Tom Wagner

El mismo Carlos Darwin estaba consciente de que parecía increíble que los procesos evolutivos pudieran explicar la visión humana. Él dijo: ‘Suponer que el ojo con toda su inimitable complejidad para ajustar su centro focal a distintas distancias, para reconocer distintas cantidades de luz, y para corregir las desviaciones esféricas y cromáticas, pudiera haber sido formado por la selección natural, parece, y lo confieso francamente, sobremanera absurdo.’

Sin embargo, posteriormente en el mismo capítulo de su libro, explica por qué, de todos modos, creía que el ojo evolucionó y que el ‘disparate’ era imaginado. Si Darwin hubiera tenido el conocimiento que el hombre tiene hoy día acerca del ojo y sus sistemas asociados ( el cual es mucho mayor que en su tiempo ), habría abandonado su teoría naturalista sobre el origen de los seres vivos.

Uno de los fascinantes descubrimientos en el estudio de la moderna oftalmología (ciencia de los ojos) es que, además de lo que Darwin pudo observar, existen tres movimientos del ojo casi imperceptibles. Estos tres, denominados ‘temblores, giros y sacadas’, son causados por diminutas contracciones de los seis músculos ligados a la parte exterior de cada ojo. Cada fracción de segundo estos músculos cambian ligeramente la posición del globo ocular, automáticamente, sin ningún esfuerzo consciente de parte del sujeto, haciendo posible lo que se conoce como visión.

Los temblores – los más pequeños y posiblemente los más fascinantes de estos movimientos – mueven el globo ocular rápidamente y sin interrupción alrededor de su centro en sentido circular. Éstos hacen que la cornea y la retina (partes anterior y posterior) del ojo se muevan en círculos de diámetro increíblemente pequeños, de aproximadamente 1/1000 (.001) milímetros, ó 0.00004 pulgadas.

Esta distancia es aproximadamente 70 veces menor que el espesor de un trozo de papel. Observa atentamente un trozo de papel por su borde. Ahora intenta imaginar 70 círculos del mismo diámetro (OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO) tocándose el uno al otro situados en fila india a lo ancho del espesor del papel. Si puedes imaginar esto, tendrás una idea correcta de la naturaleza minúscula de los temblores y al mismo tiempo apreciarás al Creador quien ha demostrado su capacidad al diseñar tal característica.

Una característica de los temblores que resulta aún más asombrosa, es que los músculos aparentemente infatigables que los producen mueven al ojo entre 30 y 70 veces cada segundo. Si hicieran ruido, esa frecuencia sería suficiente como para producir un zumbido grave. Asombrosamente, cada ojo realiza, como término medio, uno millón de pequeños movimientos circulares cada 5 horas y media. El número de temblores que ocurren a lo largo de la vida es astronómico.

Aunque los temblores no son suficientemente amplios como para ser visibles sin grandes aumentos, no podrías ver correctamente sin ellos.

Por ejemplo, piensa en lo que ocurriría si éstos y todos los otros movimientos oculares cesaran repentinamente mientras miras fijamente el rostro de alguna persona. Las células fotosensibles de la retina se ‘estancarían’ rápidamente, y dejarían de enviar información fresca al cerebro, provocando que la imagen percibida se desvaneciera, adoptando un tono gris uniforme en el plazo de pocos segundos. Si la persona a la que miras sonriera, su boca, y tan solo su boca, reaparecería momentáneamente en un campo visual de la nada!

(Esto se ha hecho en el laboratorio, y se dice que parecía la sonrisa del gato de Alicia en el País de las Maravillas.)

La reaparición de tan sólo una parte del rostro ocurriría porque únicamente la boca se movería, provocando un cambio momentáneo en esa parte de la imagen que la retina estaba viendo en ese momento.

Por consiguiente, un cambio continuo en la luz que se proyecta sobre cada célula de la retina del ojo es crucial para una visión constante. De ahí la necesidad de los temblores que Dios ha creado para alimentar la retina con una imagen que cambia ligeramente muchas veces cada segundo. Sin estos temblores, que son probablemente el fenómeno más importante para la visión normal, tendrías que mirar y remirar constantemente o bien alterar continuamente la luz sobre un objeto para poder ver algo durante más que unos pocos segundos a la vez.

Durante los movimientos giratorios, el ojo se mueve relativamente despacio y suavemente a partir del lugar hacia donde se está mirando, y hasta alcanzar un ángulo igual a aproximadamente 12 veces el tamaño de un temblor. En este punto el ojo automáticamente salta de golpe, dando una ‘sacada’, y regresa a su posición original. Las sacadas, que ocurren hasta varias veces cada segundo, son sacudidas muy rápidas que se utilizan para corregir cualquier desviación que ocurra.

En movimientos de recorrido como en la lectura, se emplean grandes sacadas. Al leer este artículo, pudieras pensar que tu vista está recorriendo suavemente, letra tras letra, o palabra tras palabra, pero no es así. Más bien, los dos ojos perfectamente alineados y sincronizadamente saltan juntos, dando sacadas como ‘tirones-regresivos’, sobre cada línea. Durante el instante en el que ocurre la sacada, tu visión se empaña, de tal forma que entre los saltitos hay breves pausas que dan al sistema ocular-cerebral el tiempo necesario para decifrar las letras impresas obteniendo así frases con sentido.

Piensa en el reto que representaría para un ser humano crear el código genético necesario para producir un sistema nervioso tan detallado como para hacer posible movimientos musculares precisos y coordinados (como temblores, giros y sacadas). Cuando Darwin hizo sus suposiciones sobre el origen de los órganos, no tenía absolutamente nada del conocimiento que nosotros tenemos actualmente. Si él hubiese estado consciente de la necesidad de estos movimientos del globo ocular con saltos minúsculos y precisos, que suceden continuamente mientras estamos despiertos, puede que hubiese abandonado su teoría de la evolución, considerándola una especulación insensata e impráctica.

En realidad existe abundante evidencia de la obra del Creador en todo lo que vemos alrededor de nosotros, y en el instrumento con el que lo vemos.

Tom Wagner es un profesor de ciencias en Indiana, EE.UU. Es un fotógrafo entusiasta, cuyos artículos y fotografías aparecen frecuentemente en la revista Creation.

 

Publicado originalmente en la revista: Creation Ex Nihilo 16 (4): 10-13 Septiembre-Noviembre 1994