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Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve: Una Sencilla Lista de Acción
por Michael Farris

Una Sencilla Lista de Acción

La lectura de un libro como este puede ser muy semejante a la asistencia a un seminario. Yo generalmente regreso de un seminario con una “lista de acción” más larga que mi brazo. Puede ser muy desmoralizador. De hecho, puede ser exactamente como tratar de beber de una boca de incendio de bomberos.

En este capítulo final, quisiera darte una lista sencilla de cosas por hacer. Empecemos por tres cosas que no tienes que hacer.

Primero, no tienes que lograr

todo al mismo tiempo.

Uno de mis pasajes favoritos de la Escritura es Exodo 23:20-30. Dios les está hablando a los hijos de Israel cuando éstos están a punto de entrar a la Tierra Prometida. Se les ha dicho que van a tener que marchar. Van a tener que pelear. Van a tener que construir. Van a tener que encontrar lugares donde puedan vivir sus familias. Van a tener que echar fuera numerosas naciones que habitan la tierra. Era una lista verdaderamente intimidante de cosas por hacer.

Y esto les dijo Dios:

“No los echaré [los pueblos enemigos] de delante de ti en un año, para que no quede la tierra desierta, y se aumenten contra ti las fieras del campo. Poco a poco los echaré de delante de ti, hasta que te multipliques y tomes posesión de la tierra.”

Nuestro Dios es un Dios misericordioso. El no espera que conquistemos a todos los adversarios de un solo golpe. Nos da tiempo. Él espera que conquistemos el terreno—nos dará una buena disciplina si decidimos deponer las armas y abandonar la lucha—pero Dios tiene expectativas realistas. Él espera que emprendamos las tareas difíciles poco a poco.

En el caso nuestro, la tarea difícil—nuestro más grande enemigo—es nuestra debilidad y fracaso. Tenemos tanto que atender—tantas áreas que necesitan mejoría. Yo creo que el mismo Dios misericordioso que esperaba que los hijos de Israel tomaran la Tierra Prometida poco a poco espera que tú hagas mejoras en tu trabajo de padre bajo el mismo programa. Avances constantes, acción deliberada, pero la victoria total no llega de un solo golpe.

Segundo, no tienes que responder

por los resultados.

Hay una importante división de trabajo entre tú y Dios. Tú eres el padre terrenal de tu hija. Dios es el Padre celestial. ¿Se entiende?

Tu descripción de puesto es ser fiel y obediente. La descripción de puesto de Dios incluye toda la responsabilidad de los resultados finales.

Tienes que recordar, además, que tu hija es una agente moral libre, y en muchos sentidos tomará sus propias decisiones en cuanto a hacer el bien o hacer el mal.

Habrá períodos en su vida cuando tu hija te traerá quebranto de corazón y turbación. A pesar de todas las cosas positivas que he expresado acerca de nuestras hijas, permíteme asegurarte que tratándose de turbación–nadie me lo platica; ya sé lo que es. Pero hasta ahora, la turbación con nuestras hijas ha sido por un período que en cada caso llega a su final.

Cuando estés en medio de uno de esos tiempos de dificultad, si has sido fiel como padre te vas a sentir mucho mejor que si has estado básicamente ausente de la vida de tu hija.

Si has hecho tu mejor esfuerzo—la mayor parte del tiempo—enfrenta estos tiempos de turbación con la confianza que proviene de saber que tu Padre celestial ama a tu hija mucho más que tú. Él la abrazará con su amor aun cuando las dificultades sean tan extremas que ella ni siquiera acepte un abrazo de parte tuya.

Dios la sacará adelante, y te dará la esperanza de que él la puede traer de nuevo a ti.

Tercero, no tienes que hacer todo esto solo.

Obviamente, el trabajo de ser padres se hizo para dos, papá y mamá. Tú estarás bien consciente que más y más padres están enfrentando la responsabilidad de tener que hacerlo solos.

Pero además de tu esposa, podrás encontrar fuerza y aliento si buscas a uno o más hombres con quienes puedas compartir tu experiencia como padre de tu hija. Tal vez sea el padre de una de las amigas de tu hija. Podrían salir incluso a paseos los cuatro.

Pero aun cuando tu hija no tenga una relación con la hija de él, podrías encontrar gran aliento al tener compañerismo periódico con otro hombre que está recorriendo el mismo camino que tú.

Hasta allí mi lista de cosas que no tienes que hacer. Consideremos ahora dos últimas cosas que sí debes hacer.

Ora por tu hija cada día.

Si no recuerdas ninguna otra cosa de este libro, recuerda orar por tu hija cada día. Dios, en su gran misterio, ha optado por obrar entre nosotros en respuesta a la oración. La oración es un indicador de tu amor tanto por Dios como por tu hija. La oración guardará sensible tu corazón para con esa preciosa vida que te ha sido encomendada. La oración mantendrá abierto un canal hacia Dios para que él pueda más fácilmente moverte a recordar y hacer lo que es correcto para con tu hijita. La oración te ayudará a permanecer consciente de tu responsabilidad de guiar a tu hija hacia la madurez espiritual.

Debes orar por el desarrollo de tu hija como mujer y en un futuro como esposa y madre. Debes orar por el joven que él está preparando para ser esposo de ella algún día. Debes orar por protección para tu hija al pasar ella por el mundo maligno que encontrará en la escuela, en el deporte, en el trabajo, y a veces en la iglesia.

Debes pedir que ella aprenda a amar y obedecer la Palabra de Dios. Y pide que ella comparta con gusto el amor de Dios con aquellas personas a quienes ella llama sus amigas.

Ora para que ella sea una administradora sabia de su tiempo y recursos. Y que trabaje fielmente como ciudadana de este país tan bendecido por Dios.

Y por mil cosas más, recuerda orar por tu hija.

Hazlo ahora.

James Dobson dijo una vez, “Recuerden, en realidad no estamos criando niños, estamos criando adultos.” Estamos preparando a nuestras hijas para toda una vida. Queremos que lleguen a ser maduras y responsables mujeres de Dios.

Pero los días de nuestra influencia son extremadamente fugaces. El día que escribí este capítulo hablé por teléfono con mi hija Christy que está en la universidad. Acostumbramos hablar varias veces por semana. En algunos sentidos, parece que aún no se ha ido. Pero en otros sentidos yo sé que mis días de enseñanza de Christy están llegando rápidamente a su fin. Habrás oído a mucha gente decirte que el tiempo pasa muy rápidamente. No les creas. Pasa mucho más rápidamente que lo que ellos te han dicho.

Si no quieres súbitamente verte sorprendido por una mujer a la que no conoces y con quien no te sientes muy a gusto a causa de su conducta y carácter, entonces, Papá, empieza ahora.

Si quieres tener una hija que cuando sea grande maneje el dinero responsablemente, y no una que gire cheques sin fondos, enséñale acerca del dinero y de la responsabilidad ahora. Si quieres tener una hija que sea espiritualmente madura y sepa confiar en Dios en todas las circunstancias y pruebas de la vida, necesitas empezar a enseñarle acerca de Dios ahora. Si quieres una hija que sea emocional y físicamente pura, no contaminada por la sexualidad estrafalaria de nuestro tiempo, empieza a entrenarla desde ahora.

Si quieres tener conversaciones profundas cuando ella sea mayor, habla con ella ahora cuando es joven. Si quieres la oportunidad de darle orientación en cuanto a su vocación, muéstrate capaz de orientarla en su tarea de matemáticas de tercer grado ahora.

 

A mí me gusta jugar golf. (Nótese: No dije que soy bueno para el golf.) Estoy mejorando, pero me hace falta mucha práctica. Nadie se vuelve excelente para el golf de la noche a la mañana. Se necesita instrucción, práctica, práctica, y más práctica. Hay muchas cosas que recordar. Y hay muchas habilidades distintas que adquirir y, esto espero, empezar a dominar. Nadie llega a ser maestro del juego sin mucho trabajo y mucho repaso.

Todo lo que realmente valga la pena requiere de por lo menos la misma cantidad de trabajo que se requiere para mejorar la habilidad en el golf. El llegar a ser un buen padre no es ninguna excepción.

La visión que tienes de una hija hermosa, madura, es, por lo menos en parte, una visión para ti mismo. Es una visión del hombre que quieres llegar a ser. Ser papá implica mucho trabajo difícil. Cometerás errores. Pero tienes muchas oportunidades de practicar.

Yo tengo ya un destello de lo que es terminar la tarea de llevar a una jovencita hasta la madurez. Ya veo la meta cercana. Y te aseguro que la experiencia de tener una hija que agrada tanto a su padre terrenal como a su Padre celestial es una emoción que fácilmente rebasa la de cualquier hoyo en uno.

Empieza ahora, porque . . .

Llegará el Día en que Ella

Se Irá de Casa.

Era el momento para el que yo me había estado preparando. Era el momento que había estado temiendo.

Christy tenía diecinueve años. Había retrasado un año su entrada a la universidad para poder ayudarme en mi campaña, trabajando como Asistente de Secretaria de Prensa. Ahora la estábamos llevando a Ohio para dejarla . . . a casi 700 kilómetros de la casa. Vickie y yo—y nuestro hijo de un año, Joey—íbamos en un automóvil. Christy nos seguía en su Ford Escort 1986.

Olas de emociones y lágrimas nos envolvían tanto a Vickie como a mí en diferentes momentos de ese fin de semana. Lo peor fue cuando tuvimos que darle el último abrazo y decirnos adiós. Christy estaba tranquila y contenta. Después de partir en nuestro auto, su madre y yo lloramos intermitentemente por lo menos por 150 kilómetros.

Claro, yo había sabido que la extrañaría. Estaba consciente de lo mucho que había llegado a apoyarme en ella para darme buen consejo en mis constantes encuentros con la prensa. Pero a un nivel más profundo, yo sabía que una gran parte de mi reacción emocional era la conciencia de que la etapa de su vida en que yo podía tener influencia diaria en ella como padre había terminado.

¿Había hecho yo lo suficiente? ¿Qué sucedería? ¿Qué podría yo haber hecho mejor? Esta clase de preguntas se agitaban bajo la superficie de mis emociones.

_______

Los dos años que han transcurrido desde entonces han hecho mucho por calmar mis emociones. El sentido de separación definitiva no es tan fuerte ahora como al principio de su carrera universitaria. Las vacaciones, además de muchas llamadas telefónicas, todavía nos dan numerosas oportunidades de importantes interacciones. Pero, sí es diferente. El verdadero consuelo ha venido de ver lo bien que va Christy.

No sólo lleva un promedio de más de 97%, no sólo ha sido elegida vice-presidenta del la sociedad de alumnos de su universidad, sino que mucho más importante es que hemos visto a Christy caminar con Dios y caminar entre sus semejantes con la clase de madurez espiritual y personal que habíamos deseado.

Por mucho que trates de recordar la doctrina de la soberanía de Dios y la doctrina de que tu hija tiene su propio libre albedrío y es personalmente responsable ante él, tú te juzgarás como padre mayormente con base en el desempeño de tu hija en su vida de adulta.

Yo tengo la evidencia de dos hijas básicamente adultas—el caso de Christy es más fácil de contar porque Jamie ha optado por aprender una vocación trabajando y permanecer en casa por ahora. (Aunque en un par de semanas sale de viaje para estar en Rumania por un mes.) Y esta evidencia me dice que Dios es muy misericordioso y compensa en gran medida mis deficiencias. No he sido ni con mucho el padre ideal. La mayor parte de lo que está escrito en este libro lo he aprendido durante los años formativos de mis hijas. No practiqué siempre en todos esos años todo lo que ahora sé.

Pero puedo decir con confianza que les dediqué a Christy y a Jamie mucho tiempo. Y también puedo decir que muchas cosas las hice bien.

Es una responsabilidad enorme ser padre. Tus esfuerzos son evaluados en la vida de alguien a quien amas encarecidamente.

Cuando llegues a ese día en que tu hija salga de tu casa, más que ninguna otra cosa desearás tener la confianza que viene de saber que has invertido correctamente en su vida. Que ella ha recibido instrucción y corrección y guía y muchísimo amor de parte de su papá.

El día que ella salga de casa no parecerá su examen final. Parecerá ser el tuyo. Tú comprendes la sensación de absoluta desesperación de un estudiante universitario que entra a un examen final habiendo faltado a clases y nunca habiendo abierto un libro. No vas a desear—te lo garantizo, no vas a desear—tener esa misma sensación cuando tu hija esté lista para despedirse.

Sé diligente. Trabaja intensamente. Ora mucho. Haz tu mejor esfuerzo. Y creo que Dios bendecirá tu trabajo cuando veas a una mujer adulta de la que puedas estar inmensamente orgulloso.

 

Para Reflexionar y Comentar

1. ¿Qué puedo empezar a hacer ahora mismo para mejorar mi papel como padre?

2. ¿Qué he estado descuidando o negándome a hacer durante demasiado tiempo? Hazlo ahora.